Señor Carlitos

Nació en Bauer y Sigel pero vino a vivir a Rafaela con solo dieciséis años para trabajar en Rocca, ese almacén-autoservicio que ya pasó la línea de los noventa años, y en donde Carlos Roba es parte fundamental de su historia

historias | Edición #73

El almacén ya no parece tan grande como entonces. Y ahora lleva el cartel que lo distingue como Autoservicio. Pero hace cuarenta años, ir a lo de Rocca era para los chicos como entrar a un mundo de fantasía, con olores fuertes y reconocibles, donde la mercadería estaba en cajas y se vendía por peso, sueltas, las masitas asomadas a las ventanas redondas de las cajas de lata, los fideos, la yerba, y el azúcar se sacaban de los cajones con unas palitas de metal para ponerlas en bolsas y pesarlas a gusto del cliente. Todo en el mostrador, mientras se anotaba en la libreta y luego se sumaba como nos enseñaban en la escuela. “Yo tenía 16 años y atendía a la gente. Me encantaba porque me sentía importante que me trataran como un mayor en tiempos donde a esa edad todavía se era un pibe. Anotaba y hacía la cuenta de cada compra de manera manual, hasta que apareció la máquina de sumar, esa que tenía la manija al costado y nos parecía una maravilla, nuestra primera computadora”, me dice Carlitos.

Carlos Alberto Roba nació en Bauer y Sigel, un pueblo ubicado a 44 kilómetros de Rafaela, el 5 de octubre de 1.958. Se crió en el campo, donde su padre Héctor era puestero, su madre Rita ama de casa y su hermano mayor Raúl su compañero de juegos y aventuras en tiempos sin pantallas. Y con principios y obligaciones bien marcadas, como eso de ayudar en casa y también con algún trabajo fuera de ella. Por eso, apenas terminó la escuela primaria empezó a atender el mostrador en el bar y comedor de Bocco, en el pueblo. “Cada vez que se podía venía a Rafaela a visitar a mis abuelos maternos. Era toda una aventura llegar a un lugar que me parecía enorme”. Los Agodino eran clientes y amigos de los Rocca, los del almacén enorme. “Vine para ser padrino de una primita y los acompañé a comprar. Mi abuelo me preguntó si no me gustaría trabajar ahí, ¡y venirme a vivir a Rafaela! Nos fuimos en el Isard que tenía hasta el campo para hablar con mis padres. Y me dijeron que si”

En la esquina de Hipólito Irigoyen y Necochea, con el campanario de la catedral como testigo y frente a la Cooperativa, ese supermercado primario de los setenta, Carlitos iniciaba cada mañana lo que no imaginaba sería parte central de su vida.

“En enero de 1974 empecé a trabajar. Eran 8 horas repartiendo mercadería con un Rastrojero furgón junto al señor Kaiser, así que por falta de tiempo la escuela secundaria quedó para más adelante. En esos años la gente pagaba sus libretas del 1 al 10 de cada mes y hacía el pedido grande, porque no había tarjeta de crédito, entonces se manejaba efectivo y las compras se hacían en el negocio. En poco tiempo me conocí todos los rincones de Rafaela, que para alguien que venía de un pueblo de 300 habitantes, me parecía gigante. Al año siguiente me pasaron a la atención en mostrador”

¿Te acostumbraste rápido a dejar esa libertad que significaba el andar todo el día por las calles?

“Si, y también a asumir la responsabilidad de atender gente, tratar de que el cliente se vaya contento y quiera volver a la vez de no equivocarme en la cuenta o en cobrar lo que correspondía”

El 18 de enero de este particular 2.021, Carlos cumplió 47 años dentro del negocio que ahora no parece tan grande como entonces y ha cambiado su fisonomía interna sin llegar a una transformación traumática. Solo le faltan dos años y medio para jubilarse.

“Claro que lo voy a jubilar, aunque seguramente no me quedaré sin hacer nada. Si el negocio se mantiene abierto, muy probablemente yo quiera seguir, ya sin el horario completo”

¿Pensas que puede cerrar?

“Algunos aseguran que cuando yo me vaya va a pasar eso, aunque me parece mucho. Pero imagino que Juan Carlos también debe estar pensando en la posibilidad de tener más tiempo libre y no soportar la responsabilidad de seguir peleando con Rocca, que ya cumplió noventa años, frente a los negocios modernos. Y no me parece que haya nadie que quiera tomar su posta”

¿Qué tiene de bueno atender al público?

“Cualquier trabajo tiene sus pro y sus contras. A mí me gusta mucho lo que hago, tratar con la gente. Es un desafío atender siempre de la manera correcta, fundamentalmente en aquellos días en que uno no está bien. Los que me reemplazan cuando tengo vacaciones me suelen decir que le doy demasiados “vicios” a mis clientes”

¿Cuánto cambió el trato con la gente?

“De mi parte nada, siempre fue fundamental ser respetuoso y escuchar al cliente. Mucha gente me conoció siendo casi un chico, y luego los atendí como adolescente, después como hombre casado, padre y ahora abuelo. Hay casos que son cuarta generación de clientes. Y el trato es muy amistoso, casi familiar. Aún en esta época nos damos el tiempo para contarnos nuestras cosas mientras les preparo lo que necesitan. El trato con la gente me ha enriquecido y me ha permitido crecer como persona”

Muchos solemos decir que estamos todos más apurados y que eso nos pone más agresivos, parece que no hay tiempo para ser educados, ¿notas eso?

“Es posible, pero en Roca todo es bastante especial. Los clientes ya saben a dónde vienen, llegan dispuestos a esperar el tiempo necesario. Imagino que es como entrar al túnel del tiempo, porque si bien nos hemos modernizado, la estructura respeta su esencia y el cliente entra a un lugar distinto a lo que es un supermercado, por ejemplo”

¿Esto hace que Roca sobreviva en tiempos muy distintos?

“Creo que los clientes que son habituales van al negocio buscando el trato personalizado, o eso de sentir por un rato que todo es como hace años, cuando eran más jóvenes e iban a comprar de Rocca igual que ahora”

Casado con Analía Bertea tiene dos hijos, Rodrigo de 35 años y Pablo de 31. Además de dos nietas que le dio el mayor, Lara de 15 años y Aylen de 21 meses.

“Mis dos hijos también son vendedores, el mayor en Bici Peretti y el menor de Lacteos Tregar.  Es posible que les haya transmitido mi pasión por ser vendedor. Incluso alguna vez pensamos en trabajar todos juntos, en hacer un emprendimiento propio, pero no me atreví”

Rocca dejó de ser solo un almacén para ser un autoservicio, ¿te afectó?

“Eso paso hace unos treinta y cinco años, pero como yo estoy en fiambrería nada ha cambiado, sigo con la atención al cliente como el primer día”

¿Nunca te buscaron de otro comercio?

 “Si, varias veces. Pero no me fui porque las ofertas no eran muy superadoras, o porque no me gustaba mucho donde iría o lo que iba a hacer y, fundamentalmente, por cariño a Rocca, eso de tener puesta la camiseta. Me hubiese costado mucho levantarme y no ir a Irigoyen y Necochea”

¿Ya te imaginas tu vida cuando Rocca no esté en tus días?

“No sé cómo será, porque no hice otra cosa en mi vida” dice Carlos con una sonrisa. Y se vuelve a atender una señora que le pide unas fetas de bondiola mientras le pregunta por la familia. Si uno no lleva su vista hacia los ventanales y solo los mira a ellos, bien podría imaginar que la vida se ha anclado unas décadas atrás. Cuando nos preocupábamos en sonreír mientras saludábamos, los productos se vendían sueltos, los olores eran intensos y nos dábamos tiempo para disfrutar de la vida.

 

OSCAR A MARTINEZ

09/02/2.021